martes, 30 de octubre de 2012

“EL SOLITARIO”: MI ÚNICA EXPERIENCIA COMO CINEASTA AMATEUR

A comienzos de 1973 empecé a sentir el desgaste de tantos años de teatro a cuestas (había empezado en 1956 dirigiendo y luego había intervenido como actor en más de treinta espectáculos). Los tres años en los que mis realizaciones como director habían alcanzado una suerte de “culminación” (1967,68 y 69) ya eran parte del pasado. En el teatro (“el arte de lo efímero”, como lo define Barrault), todo sucede, trasciende y se olvida demasiado rápido.
A los logros de “El viaje”, de Schehadé (1967); “Historia de Pablo”, de Pavese (1967); “La Arialda”, de Testori (1968); “Magia roja”, de Ghelderode (1968) o “El profanador”, de Maulnier (1969), le habían seguido una serie de frustrantes fracasos (“El doctor y los demonios”, de Dylan Thomas; “Los dos hidalgos de Verona”, de Shakespeare; “La duquesa de Padua”, de Oscar Wilde), sólo redimidos por el acierto de haber estrenado en Buenos Aires “Un Fénix demasiado frecuente”, de Christopher Fry, tantas veces anunciada pero nunca concretada por la gran Delia Garcés.
En el invierno de 1973 compré una cámara filmadora de cine en super-8 y sin medir los riesgos me largué a filmar un largometraje sobre el cuento de “amor, locura y muerte” de Horacio Quiroga titulado “El solitario”.
Fue una experiencia agotadora pero entusiasmante, en la que intervinieron algunos de los actores que habitualmente habían estado en mis espectáculos del Teatro 35: Héctor Sandro, en el rol del joyero Kassim, que sufre la humillación de estar casado con una mujer jóven y bella pero de dudoso pasado y Estela Burgos, la esposa que se obsesiona con el alfiler de corbata con la piedra engarzada (el solitario del título), que Kassim terminara clavándole en su pecho.
El soporte original en celuloide con película Eastman-Kodak 160, tenía sombríos tonos marronáceos que coincidían a la perfección con la atmósfera opresiva del cuento, pero todo eso se perdió en la copia a video en formato VHS. “El solitario” tuvo una duración inicial de una hora y media, pero el DVD actual dura apenas una hora.
La música, rondando ominosamente a lo largo de la historia, es la del “Cántico de las parcas”, de Johannes Brahms, ejecutada en un concierto con la orquesta NBC por Arturo Toscanini.
Tanto como para dejar un recuerdo, a 39 años de distancia de aquella “travesura” de cineasta amateur, he volcado unos diez minutos con escenas dispersas, que he de intercalar aquí.